Peligran los sueños de los productores regionales con la liberación de las importaciones de los alimentos

Cada alimento producido en nuestro país posee un precio del mercado que invisibiliza a quienes hacen posible que llegue a la mesa. En cambio, detrás de cada uno de estos alimentos, detrás y con fiereza, hay personas, familias e historias; comunidades enteras que viven a raíz de ellos.

La “apertura total de las importaciones de alimentos” pone en riesgo a la producción nacional, la principal fuente de subsistencia de los productores de nuestro territorio, haciendo peligrar la producción de alimentos de el “granero del mundo” como se supo llamar a esta Argentina que hoy nos duele.

Beatriz Yablonsky tiene 57 años, aunque en su memoria acopia historias y recuerdos de muchos años más. Nació en Villa Armonía Colonia Guaraní, en la zona centro de Misiones, y hasta el día de hoy  despierta cada mañana en la misma chacra donde vivieron sus abuelos y nació su madre Elena; la misma que con 80 años  sigue ayudando en la cosecha de la hoja de yerba mate. En sus manos se evidencian las épicas batallas en la que hoy descansan sus derechos sobre la tierra colorada.

“Nací acá donde estoy, y hasta ahora sigo en el mismo lugar. Mi mamá, que vive junto a mi casa, continúa cosechando, continúa en el yerbal quebrando la rama con las manos verdes y el cuerpo erguido”, cuenta.

Los primeros recuerdos de Bety son de cuando era muy pequeña, ella sentada dentro de un cajoncito de madera en el rozado junto a su madre. “Me criaron dentro del yerbal, luego cuando fui más grande hacia lo que podía. Mi abuelo tenía un secadero para hacer yerba barbacua y era una hermosura el olor a la yerba sapecada. Era rico sentirlo, en invierno mi papá me ponía cerca de la yerba caliente para darnos calor, porque en la chacra cuando hace frío, hace frío”, recuerda.

Hace más de 20 años que ella, junto a su esposo Carlos Ruben Ganz y un pequeño grupo de colonos, libraron la gesta de la creación del Instituto Nacional de la Yerba Mate (INYM); con tristeza reconoce que hoy siente el mismo temor que la impulsó entonces a salir a las calles.

“El colono siempre sale perdiendo, si en 2002 creamos el INYM, hoy nuestro yerbal no existiría. Los grandes siempre se llevan por delante a los chicos y con los precios como están, ya ni sé si podremos cubrir los gastos de la cosecha”, se lamenta.

El martes por la mañana, mientras la lluvia arreciaba por casi todo el país y los campos recibían la sublime bendición del agua, el vocero presidencial, Manuel Adorni, anunciaba la apertura definitiva de las importaciones de alimentos, considerándola una medida paliativa en “post de hacer los precios más competitivos en beneficio de las familias de los consumidores argentinos”. La determinación de esta resolución “definitiva” con la quita de impuestos es un golpe rotundo a las familias productoras de los argentinos y a los pueblos del interior que viven de las economías regionales. La apertura de un producto como la yerba mate, a nuestro país donde la producción está en crecimiento y se logró un récord histórico de ventas el año 2023, motivará una super abastecimiento de la producción, perjudicando especialmente a los eslabones más vulnerables de la cadena yerbatera: los tareferos y productores.

“Es difícil la vida del colono: nos dedicamos a los productos anuales, piscicultura, a la miel porque no se vive todo el año solo con 9 ha de yerba. Además, son tierras viejas a las que hay que poner mucho abono y mucho cuerpo, esta zona no produce 20 mil kg por hectárea. Tenés que estar todo el día en el rozado, y el precio de la yerba no cierra”, reitera Beatriz.

Si bien en la actualidad ya se importa la yerba mate canchada y molida, y en los últimos años este fenómeno fue en crecimiento alcanzando en lo que va del 2024 -periodo enero/febrero- ingresó un promedio de 1.995.500 kg de yerba mate molida. Mientras que en el 2023, se inyectó en la producción local, desde los países limítrofes un promedio anual de 6.679.000 Kg de molida y 197.600 de canchada. La competencia de mercados con el producto obtenido en Brasil y Paraguay deja en desventaja al pequeño productor misionero y correntino que en este momento está en plena puja para obtener un precio justo. Ni hablar del déficit que dejó la sequía por esta zona, ocasionando pérdidas de yerbales que deben ser replantados para su posterior cosecha, inversión que se vería a futuro a partir de los próximos cinco años.

“Pese a todo yo voy a seguir con la yerba porque es mi historia. Mi abuelo tenía esta chacra, mi mamá Elena la continuó y ahora yo. Si no producimos, el pueblo que vive en la colonia se muere de hambre. Es muy duro trabajar en la chacra para que nos saquen de un plumazo todo lo que hacemos”, reflexiona con dolor.

Ella y su esposo son gente de lucha, esos de los que “picada adentro”, hacen patria día a día para seguir viviendo en la colonia y si bien la yerba es parte de su ADN, la pelea por la supervivencia también: “en la época del tractorazo, salimos con mi marido y mi mamá, porque mi papá estaba enfermo. Él ya había participado de otras luchas por la yerba y en ese entonces no salió. Así fue que mi marido dejó su trabajo de albañil para dedicarnos a la producción porque ellos no podían”, cuenta.

Bety sueña con lograr un secadero de barbacua como tenía su abuelo, seguir produciendo de manera artesanal y continuar con los yerbales que son parte de su linaje, de su historia, de sus memorias, y que se continúe en sus dos hijos y su nieta. Cómo lograr que esto suceda con la medida de la apertura total de las importaciones, que hará peligrar a todos los productores de las economías regionales del supuesto “granero del mundo”.

Por Mónica Gómez

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